sábado, 9 de mayo de 2009

El enemigo...


Se diseña el perfil, se dibuja una suerte de retrato hablado, se cargan las tintas, se le atribuye la autoría de todos los males, se congrega la opinión contra él, se hacen cruzadas, se organizan campañas, se preparan las condiciones para su aniquilación. Ése es el nudo de la política: la definición del enemigo.
Depende de la coyuntura y de las circunstancias. Si se acude a una sociedad que vive la sensación de haber sido históricamente humillada es más fácil. La necesidad de venganza se convierte en un ingrediente maravilloso para combatir al enemigo. Se lo puede pintar de rojo o de judío. En los 70, en América Latina –parte del mundo occidental y cristiano-, ser rojo equivalía al sello de la estrella de los judíos en Alemania. Las cosas van cambiando y, en esta misma América Latina, son los de rojo los que definen y dibujan al enemigo: la boina roja, la camisa roja, los ponchos rojos. Los otros, todos los que no están con ellos, son el enemigo. La definición es automática: si no estás con ellos, eres oligarca, terrateniente, mensajero del pasado, fascista, terrorista, separatista y, ¿por qué no?, agente de la CIA.
Hasta hace unos meses, en versión oficial del gobierno boliviano, el jefe de la conspiración contra Evo Morales, era el mismísimo embajador de los Estados Unidos. Philip Goldberg. Había sido entrenado en Kosovo para repetir la experiencia separatista en Bolivia, ¡ni más ni menos! El enemigo era el Imperio... ¡gran definición! Supuestamente, después de la aniquilación del enemigo –expulsión del embajador-, la conspiración, el separatismo y el Imperio estarían liquidados. Tanto, que en señal de sumisión y en reconocimiento de la derrota, el ex-Presidente de los Estados Unidos, James Carter, volvería a Bolivia una próxima vez, ¡a cosechar coca!Resulta que la conspiración no terminó. Y en medio de una comedia de locura -con locos de verdad, enfermos de sangre, aventura y figuración-, surge el nuevo enemigo en versión “croata-rumana-húngaro-irlandesa-camba”, magnicida y separatista. Más fácil para el gobierno, imposible. Con semejante libreto y tales protagonistas, la definición del enemigo es juego de niños.
Cierto, habrá que admitir que la dirección política regional de Santa Cruz, ha redactado el compendio más completo de errores, desatinos y chambonadas. Desde lo que nunca explicó: el mismo Rubén Costas, protagonista y firmante del acuerdo de seis departamentos para rechazar el referéndum revocatorio (24 de junio del 2008), es el firmante, ¡diez días después!, del acta de capitulación de Santa Cruz, en la mañana del 4 de julio, sellando la derrota de la oposición regional. Después de dos largas reuniones con Tuto Quiroga, en conferencia de prensa, anuncia la conformidad de Santa Cruz con el revocatorio, sin ninguna consulta con los otros prefectos. Pueden dar testimonio Manfred Reyes Villa en la soledad de su rechazo y Leopoldo Fernández, desde su celda en San Pedro. Hoy, y hay que decirlo con la mayor claridad, la dirigencia cruceña está pagando cara una factura que el gobierno tenía preparada. Dirigencia regional que, en sus diferentes versiones –cívica, política y cooperativista-, ofreció el perfil soñado para el que quiera definir a un enemigo.
Y lo más grave: siguen creyendo que es un problema regional. No se termina de asumir que la región es sólo una circunstancia aprovechable, pero momentánea. Porque la definición del gobierno es más radical, más simple y más jodida: todos los que no son ellos... ¡ése es el enemigo!
Cayetano Llobet